En la Venezuela actual, el financiamiento ha dejado de ser un sistema universal para convertirse en un ecosistema fragmentado y profundamente desigual.
Según el economista Asdrúbal Oliveros, la banca nacional, operando bajo severas restricciones, resulta insuficiente para motorizar el aparato productivo, lo que ha forzado la aparición de vías alternas de financiamiento que hoy sostienen la economía.
Financiamiento en Venezuela
El crédito bancario local es un recurso de élite: el 90 % se concentra en grandes y medianas empresas. Para las pymes, el acceso es prácticamente nulo.
Esta limitación ha empujado al segmento corporativo hacia la banca internacional (Panamá, Curazao y EE. UU.), donde se estima que circulan entre USD 2.000 y 2.500 millones, una cifra que ya iguala el volumen de préstamos internos.
¿Es un ecosistema fracturado?
El mapa de préstamos se divide en tres niveles críticos:
- Fondos privados: Actores que inyectan capital en sectores dinámicos (alimentos y medicinas) bajo condiciones estrictas, reforzando la exclusión de los sectores más pequeños.
- Financiamiento informal: El último recurso para el pequeño comercio, basado en prestamistas con tasas «leoninas» y pagos quincenales que asfixian el crecimiento pero permiten la supervivencia.
- Consumo personal: Ante la desaparición del crédito al consumo tradicional, han surgido fórmulas como el «compre ahora y pague después» y los préstamos de nómina, donde el empleador actúa como financista de emergencia.
«El crédito en Venezuela no es uno solo; es una estructura piramidal donde la cima se financia en dólares y la base sobrevive con préstamos informales», detalló Oliveros.
En ese sentido, la realidad es clara: mientras el sector corporativo busca oxígeno en el exterior o en fondos privados, el grueso del tejido productivo y la población dependen de mecanismos informales y costosos.
Información de Finanzas Digital / Redacción El Financiero
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